Pétalos de rosas blancas forman largos espirales que dansan suavemente, acompañados por un fresco aire con aroma de beatitud. Ligeros y sincronizados unos con otros, se dejan llevar incansablemente por un abundante bienestar perdurable. Independientes pero juntos y equilibrados por un continuo y estable magnetismo, hacen que la convivencia entre ellos se mantega perfectamente unida.

El momento es único y singular. Inocentemente, se balancean con el ritmo que ellos mismos escogen; van disfrutando del extasis de las alturas que los sostiene y envueltos en un parfume de puro amor infinito, dejan huellas de adoración.
Adentro de un camino sin final, se origina una explosión de máxima y suprema felicidad que va brotando y flotando en la superficie. Su estado natural se deja ver tal y como es desde los principios de su germinación y mantiene firme su posición a pesar de determinadas circumstancias.
Si no se presta importancia a lo que no se dirige en la misma dirección con la pureza del coral de pétalos, logrará seguir el camino recto sin desviarse. De esta manera, el coral no se dispersara y los pétalos permanecerán ligados, constituyendo sin fin su feliz existencia.





