Ensueño mágico

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Enero 1845

Los caballos corrían a toda velocidad. Los campos nevados parecían sin fin. Kalia estaba impaciente por llegar a la Casa Grande y estar de nuevo en su lugar favorito.

Pero de esta vez la visita que hacía era diferente de cuando recibío la noticia de que aquel maravilloso lugar daría vida al juego llamado «El laberinto». En este se aventurarian los más atrevidos, y su mayor deseo seriá participar en él; por suerte, el juego estabá abierto tanto a los caballeros como a las damas hasta los dieciséis años. Se tratabá de que después de haber entrado en el laberinto, los participantes tendrían que descifrar el misterio escondido en él y descubrir su tesoro. El juego tendría sus claves, que irían encontrando los participantes durante la trayectoria por el laberinto, dejándose quiar por la inspiración, la imaginación y la intuición.

Kalia llegando ya con fuertes emociónes expresadas en su rostro por el nuevo reto que sabía que se le iría presentando, no pudo contener su felicidad al ver a su abuelo esperándola en frente de la Casa Grande. Nada más bajarse del caruaje, le saltó encima abrazandole. Su abuelo tenía setenta años de edad y era el amo de toda la región por lo que se refiere a los juegos emocionales. Fue él quien le inculcó a ella la inteligencia emocional.

Era todo un honor que el juego tuviera lugar en los jardines de su hogar. Las casas de huéspedes estaban llenas de todos aquellos que tenían la ilusión de participar. Media hora más tarde se convocaba una reunión con todos los jóvenes participantes para que se les explicara algunas cosas que debían tomar en cuenta respeto al juego, en el cual era muy importante que uno no se saltara las reglas, porque solamente había una oportunidad. Quien no las cumpliese y más aún teniendo la conciencia de ello, sería descalificado. Mirando a su alrededor, ella vio que eran unos vente los participantes en total, entre los cuales había diez caballeros y diez damas. Pero esto no tenía importancia porque cada uno de ellos jugaba individualmente. No se preocupaba demasiado por el echo de que no fuera a ganar. Confiaba en si misma tanto como en sus aptitudes bastantes desarrolladas a medida de su crecimiento. Ella había crecido jugando todo tipo de juegos emocionales, aplicando estos aptitudes. Lo que para los demás parecía difícil, ella lo encontraba facil.

No tardó en irse a dormir. Tenía que descansar. La esperaba un día grande. Pero antes se tomó un momento de relajación y se puso a refelxionar en ciertas cosas sobre si misma con los ojos bien abiertos.

Su fortaleza siempre le había empujado a creer que todo lo que parece imposible es posible lograrlo, construyendo siempre la posibilidad de progresar escalando. Por mucho que ella aún no era adulta, notaba con firmeza como crecía más y más en si misma y se daba cuenta de que consequía todas las cosas que se proponía. Las claves que siempre le habían ayudado y que siempre estaban acompañandola eran ni más ni menos las virtudes con las cuales crecíó, y las cuales se maximizaban a medida que se iba formando como ser adulto. En su jardín, las flores se abrían constantamente sonriendo al sol que les daba vida. Y con una sonrisa en los labios, se quedó dormida.

Mientras las campanillas tocaban para despertar a los participantes Kalia, abriendo los ojos se sentía valiente. Sabía que todo lo que necesita está dentro de ella.

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