Una sorprendente lluvia de estrellas deslumbra con su luz dorada el dichoso ritmo de besos cálidos a su propia imagen, reflejada en el extenso lago que cubre el entero desfile; las estrellas están acompañadas constantamente, por un eterno canto: el silencio.
Dicen que desde el momento en que una estrella desciende, una vida del mundo se va y otra viene floreciendo una nueva estrella. Por esta misma rasón, ellas nunca están tristes. Brillan sin detenerse y la felicidad que ellas expresan, produce el brillo del mundo universal. El entusiasmo del cual se benefician al moverse y balancearse en el inmenso espacio que acoje a todas, sin empujarse unas a otras en obtener más ambito que las demás, demuestran que están dispuestas a compartir por igual el reino en el cual viven. Es en una oscuridad continúa donde cohabitan iluminandose unas a otras, gracias a la luz que las envuelve en cada momento de su existencia. Visibles de noche e invisibles de dia. Vivir donde no está oscuro y tampoco hay luz, si no vivir en su propia luz y sin robársela unas a las otras, porque cada una posee la suya especial.
Las estrellas evidencian que unidas, brillan más fuerte gracias a su potente alegria en un máximo nivel de existencia. La igualdad que conservan entre ellas expone con certeza su maximo progreso hacia la fortaleza de su brillo.
Para fundar su extraordinario lugar celestial y mostrar su plena existencia, las estrellas se necesitan entre ellas; por mucho que se desplomen, las estrellas fugaces se entrelazan entre si, señalando que nadie es más que nadie, y nada es más que nada.